NARRATIVA

LA PIEZA QUE FALTABA

Una reflexión sobre el dolor, la búsqueda, la fe y el descubrimiento de que no tenemos que caminar solos.

Desde que tengo memoria, he sentido que había algo que no terminaba de encajar.

Mientras otros parecían vivir simplemente el día, yo necesitaba comprender. Me preguntaba por qué existía el mundo, por qué había dolor, por qué unos tenían tanto y otros tan poco, qué significaba estar aquí y cuál era el propósito de todo esto, dónde estaba Dios ubicado con respecto a todo lo que existía. Desde niña sentía una especie de distancia con aquello que me rodeaba, como si estuviera observando la vida desde un lugar ligeramente diferente.

Y cuando la realidad se volvió demasiado dolorosa, aprendí a refugiarme dentro de mí. Construí mundos donde las cosas podían ser diferentes, donde podía existir una madre que abrazara, protegiera y cuidara, un padre presente, donde el dolor no tuviera la última palabra. Sin saberlo, desde entonces ya estaba buscando esa pieza que parecía faltarle al rompecabezas.

Con los años aprendí a sobrevivir. Aprendí a hacerme fuerte, a soportar, a seguir adelante. Y también a volverme invisible cuando el mundo exterior era demasiado ruidoso, demasiado agresivo o simplemente demasiado ajeno a mí.

Incluso estando rodeada de personas podía sentirme profundamente sola. Había momentos en los que el ruido, las voces o determinadas conversaciones me producían tanta ansiedad que algo dentro de mí parecía desconectarse del exterior. Mi cuerpo podía permanecer allí, escuchando aparentemente, respondiendo con gestos y palabras, pero mi mente se refugiaba en otro lugar. Era como entrar en un mundo interior donde las voces quedaban lejos y los sonidos externos perdían fuerza.

Muchas veces las conversaciones que percibía como superficiales tampoco conseguían mantenerme presente. No era desprecio por quienes hablaban, sino una especie de necesidad interna de retirarme hacia aquello que para mí tenía más profundidad. Y así, incluso en medio de la gente, aprendí a volver hacia dentro cada que mi ser necesitaba escapar.

Pero había algo que nunca desapareció: la búsqueda. La necesidad de comprender, de encontrar algo que tuviera profundidad, de descubrir si detrás de todo aquello que podemos tocar, medir y explicar existe algo más.

Y con el tiempo llegué a pensar que quizá esa necesidad no era un accidente. Quizá Dios había colocado intencionalmente un vacío en cada ser humano. Un vacío que sentimos desde nuestros primeros momentos de conciencia en esta vida y que nos hace buscar, aun sin saber exactamente qué estamos buscando: un lugar, un sentido, un origen, un hogar.

Con el tiempo empecé a pensar que ese vacío podía ser una especie de brújula. No una carencia destinada simplemente a producir insatisfacción, sino una señal que nos orienta hacia el punto de partida. Hacia el origen. Y, sobre todo, hacia el Padre.

Posiblemente por eso tantas cosas pueden llegar a nuestras manos y, aun así, no consiguen hacernos sentir completamente llenos. Tal vez porque ninguna de ellas fue creada para ocupar ese lugar. Y entonces apareció Dios.

No llegó a mi vida simplemente como una doctrina que alguien me pidió aceptar. Llegó acompañado de experiencias que para mí fueron reales, profundas y sobrenaturales. Y entonces aquella búsqueda que durante tantos años había estado dirigida hacia el mundo comenzó a dirigirse hacia Él.

Pero incluso allí seguí siendo yo.

No podía simplemente aceptar respuestas porque alguien me dijera que eran correctas. Necesitaba investigar. Leer. Preguntar. Comparar. Comprender. Quería conocer la Biblia, su historia, sus autores, sus idiomas, sus culturas, sus contradicciones aparentes, sus interpretaciones y sus doctrinas.

Y mientras más estudiaba, más me sorprendía algo. La Biblia había sido escrita por seres humanos: hombres de diferentes épocas, culturas, niveles de conocimiento y circunstancias. Algunos fueron instruidos, otros no. Algunos fueron líderes, otros pastores, otros pescadores, otros hombres formados en ambientes profundamente diferentes.

Sin embargo, al recorrerla desde Génesis hasta Apocalipsis, comencé a percibir algo que para mí fue revelador: había un sello.

Como cuando reconocemos la voz de alguien, aunque no sepamos quién está cantando una canción. Como cuando leo un poema y puedo reconocer en él a quien lo escribió porque existe una manera particular de mirar el mundo.

Los hombres habían escrito las palabras, pero yo percibía detrás de ellas una identidad que atravesaba las generaciones. Un hilo conductor. Una especie de firma. Y para mí eso se convirtió en una parte importante de aquella búsqueda.

No sentía que estaba leyendo simplemente una colección de textos separados por siglos de historia. Sentía que detrás de quienes escribieron había un Autor.

Y cuanto más buscaba, más comprendía algo: la fe no elimina las preguntas. A veces las hace todavía más profundas.

Porque descubrí que incluso entre quienes creen en el mismo Dios existen divisiones, interpretaciones diferentes y respuestas distintas.

Y eso me llevó a una pregunta todavía mayor: si Dios es uno, si Dios es amor, si Dios es unidad, ¿por qué nosotros estamos tan divididos cuando hablamos de Él?

Esta pregunta me produjo un conflicto profundo.

Porque para mí hay una diferencia enorme entre decir que Dios tiene amor y decir que Dios es amor.

Los seres humanos podemos tener amor. Podemos amar y también odiar. Podemos perdonar y también guardar rencor. Podemos ser humildes y también actuar desde el ego.

Pero si Dios es amor en su propia esencia, entonces el amor no sería simplemente una de sus características. Sería aquello que Él es.

Y si de ese amor provienen el perdón, la humildad, la misericordia y la unidad, entonces me cuesta comprender cómo quienes buscan acercarse a Él, pueden convertir la diferencia en división, la doctrina en enfrentamiento y la búsqueda espiritual en una competencia por demostrar quién tiene la verdad. Esto no significa que las diferencias no existan. No significa que no podamos pensar distinto.  Que debamos renunciar al criterio.

Pero hay algo que me parece más difícil de ignorar:

¿Esto me está haciendo amar más? ¿Me está haciendo perdonar? ¿Me está haciendo humilde? ¿Me está haciendo menos orgullosa? ¿Me está haciendo capaz de mirar al otro sin odio?

Porque si Dios es amor, entonces acercarme a Él debería producir amor.

Y fue ahí donde encontré una brújula. No una respuesta para absolutamente todo, sino una brújula.

También comprendí que todos buscamos llenar un vacío. Algunos lo llenan con dinero. Otros con relaciones. Con poder. Reconocimiento. Otros con sustancias. Con trabajo. Con la necesidad constante de ser vistos. Y la realidad es que todos estamos intentando encontrar esa pieza que sentimos que nos falta.

En mi caso, esa búsqueda no solamente producía insatisfacción. Engendraba dolor. Un dolor que podía llegar a ser ensordecedor. Porque cada vez que conseguía algo de aquello que el mundo ofrecía, o incluso algo que yo misma había imaginado que podía llenar ese espacio, esperaba sentir finalmente que algo dentro de mí encajaba.

Y cuando no sucedía, no sentía simplemente que había vuelto al mismo lugar. Sentía que el vacío se hacía más grande, más hondo, más agudo, más difícil de soportar. Era como si cada intento fallido de llenarlo me hiciera más consciente de su existencia.

Y cuanto más buscaba afuera aquello que pudiera llenarlo, más evidente se volvía que ninguna de esas cosas podía hacerlo. Entonces comprendí que el problema no estaba en que todavía no hubiera encontrado la cosa correcta. Era que estaba buscando en el lugar equivocado.

Todo aquello que pertenece a este mundo tiene fecha de caducidad. El cuerpo cambia. Las cosas se rompen. Las casas quedan atrás. Los carros se deterioran. El dinero cambia de manos. Las relaciones pueden terminar. Incluso nuestra propia vida física tiene un límite.

Entonces aparece una pregunta inevitable: ¿Por qué ponemos tanta energía en aquello que sabemos que va a terminar y tan poca en aquello que creemos que trasciende?

Desde mi fe, la respuesta comienza a tener sentido: Y es que, ese vacío nunca estuvo destinado a ser llenado por algo material. Fue colocado en nosotros precisamente para que buscáramos a Dios.

Tal vez esa sensación de que algo falta no sea solamente una herida. Es una brújula, la que nos recuerda que venimos de algún lugar y que, en lo más profundo, seguimos buscando el camino de regreso. El camino de retorno al Padre, al hogar que es Él.

Y entonces miro hacia atrás y comprendo algo todavía más profundo. Aquella niña que se escondía debajo de una almohada imaginando unos brazos que la protegieran, la niña que necesitaba inventar un lugar donde sentirse segura, que tuvo que aprender demasiado pronto a sobrevivir, quizá no estaba buscando solamente escapar. Estaba buscando protección.

Y muchos años después, cuando conocí a Dios, una de las primeras cosas que experimenté fue precisamente eso: sentir que tenía un Padre que protegía. Y ahí encuentro uno de los hilos más hermosos de mi propia historia. La niña imaginaba unos brazos. La mujer encontró a un Padre.

No puedo demostrarle esa experiencia a otra persona. No puedo obligarla a sentir lo que yo sentí. No puedo ponerle mis zapatos y pedirle que camine con ellos por que probablemente no sean de su talla. Pero tampoco necesito hacerlo. Porque la fe, precisamente, pertenece al territorio de aquello que no podemos tocar y, sin embargo, podemos experimentar.

Como el amor. Nadie puede señalar dónde está físicamente el amor. No tiene forma, color ni peso. Y, sin embargo, sabemos que existe porque lo vivimos, lo sentimos en lo más profundo de nuestro ser.

Por eso hoy puedo mirar mis propias batallas de una manera diferente. Mi vida no consiste en vencer absolutamente todo aquello que me ha hecho daño. Reside en aprender a no permitir que aquello que me hizo daño determine quién soy.

Durante mucho tiempo pensé que tenía que poder con todo.

Hasta que descubrí aquellas palabras: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.» Y comprendí algo que mi vida entera me había estado preparando para aprender: ser fuerte no significa cargarlo todo sola. A veces la verdadera fortaleza está en levantar la mirada y decir: «Señor, yo no puedo con esto sola. Socórreme.»

Como Israel en Jueces: desobedece, cae, reconoce, clama, y es socorrido, volver a levantarse y volver a luchar. Porque la vida espiritual no necesariamente consiste en alcanzar un punto donde nunca volvemos a caer. Si no, en aprender a acudir a Dios cuando caemos.

Y entonces regreso a aquella niña, a la mujer, a aquella creyente, a la escritora, a todas las versiones de mí que han existido. Y descubro que nunca fueron personas diferentes. Siempre fui yo buscando la misma pieza.  Nunca dejé de refugiarme en mi mundo interior. Ese lugar sigue siendo parte de mí vida. Entro allí cuando necesito silencio, cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso, doloroso, cuando necesito pensar, sentir o simplemente estar. La diferencia es que ahora ya no siento que ese refugio tenga que estar habitado solamente por mí. Hoy comparto ese lugar íntimo con Dios. El mundo interior que alguna vez construí para escapar del dolor se convirtió también en el lugar donde aprendí a encontrarme con Él.

Primero la busqué en mi imaginación. Después en las personas. Después en el mundo. Después en las respuestas. Después en las doctrinas.

Y finalmente comprendí que mi búsqueda no era solamente por una respuesta. Era por alguien. Y desde mi fe, ese alguien es Dios. Quizá por eso todavía tengo preguntas. Por eso todavía tengo luchas. Todavía hay días en los que el pecho duele y la mente se cansa. Porque encontrar a Dios no representa dejar de ser humana. Significa aprender que mi humanidad no tiene que ser una condena.

Que puedo llorar y seguir creyendo. Que puedo preguntar y seguir creyendo. Puedo no entender y seguir creyendo. Caer y seguir buscando. Perdonar sin decir que lo que me hicieron estuvo bien. Puedo amar sin dejar de tener límites.  Ser humilde sin dejar de pensar. Y que puedo buscar la verdad sin convertir mi búsqueda en una guerra contra los demás.

Porque si realmente quiero acercarme al Dios que creo que es amor, entonces mi mayor victoria no es demostrar que tengo razón. Sino convertirme, poco a poco, en una persona capaz de amar más. Y tal vez, esa sea la verdadera transformación que he estado buscando durante toda mi vida.

No convertirme en alguien que nunca sufrió, sino en alguien cuyo sufrimiento no consiguió destruir su capacidad de amar.  No convertirme en alguien que tiene todas las respuestas, sino en alguien que puede seguir preguntando sin perder la fe. No seguir siendo esa persona que nunca necesita ayuda, sino alguien que finalmente entiende que no tiene que cargar todo sola.

Y quizá aquella pieza que sentí que faltaba desde niña nunca fue una cosa. Era la certeza de que, incluso en medio de este universo inmenso, de esta vida pasajera y de todas mis preguntas…

no estaba sola.

Y si eso es cierto, entonces la historia todavía no terminó.

Apenas estoy aprendiendo a vivirla desde otro terreno, desde otro camino, desde otra realidad, con una brújula en la mano que me conduce hacia el lugar donde un día todo comenzó y donde, algún día, todo volverá a encontrarse para finalmente encajar aquella pieza que representa esta búsqueda.

Katty Sáenz

Carmelo – Candelaria – Colombia.

Agosto 21 de 2026

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