EN AQUELLA HABITACIÓN DE UCI
Estaba ahí con él, con mi padre, en esa habitación de UCI. El ruido constante de los equipos que sostenían la fragilidad de su vida ensordecía con su eco, el frío artificial que invadía ese pequeño espacio haciéndolo suyo, la sensación de estar frente a alguien que está y no está al mismo tiempo.
Pero estaba ahí, inerte, sosteniendo una mano que alguna vez estuvo ausente de mi infancia y que ahora reposaba indefensa dentro de las mías, estabas ahí sumido en ese coma, pero mi alma quiso creer que la tuya la observaba, que escuchabas mis palabras, aquella oración que tambaleaba en mis labios como quien se aferra al borde del abismo.
Y de todas las cosas que pude hacer, elegí el amor y el perdón.
No para negar lo que ocurrió.
No para borrar la herida.
Sino para que ninguno de los dos cargara con más peso del necesario.
“Te perdoné y perdóname.”
No había cuentas que zanjar. Estaba cerrando un círculo mientras me veía en tu rostro.
Te vi detenidamente, atrapandote en mi para siempre. Tenía la sensación y la prisa de la vida, no quería que esa habitación fuera un obstáculo más y otra vez las circunstancias me dejarán más hojas en blanco de ese libro que no escribiste, me negué y es como si en ese corto tiempo quisiera escribir una historia, la nuestra. Te vi y me vi, “Las líneas de tus ojos y las mías son las mismas.”
Durante años busqué un padre y encontré a un hombre imperfecto. Pero en esa habitación descubrí algo que estaba ahí desde el principio.
El parentesco.
No el parentesco emocional.
No la historia que no pudimos compartir.
No los recuerdos.
El parentesco profundo y silencioso.
Ese que vive en los rasgos, en una expresión involuntaria, en una forma de mirar, en un gesto que repetimos sin saber de dónde viene.
Qué experiencia tan extraña fue verme en ti después de haber pasado tanto tiempo sin tenerte.
Como si mi cuerpo supiera algo que mi historia no pudo contar.
“No fuimos juntos, pero había una raíz profunda que demostraba toda evidencia.”
Porque durante años la ausencia fue un hecho.
Pero en ese instante nuestro, en aquella fría habitación de UCI, también se hizo evidente una cosa: que la ausencia no había borrado el vínculo biológico.
No caminaste conmigo.
No me llevaste al colegio.
No me sostuviste cuando era niña.
Y, sin embargo, una parte de tu historia seguía escrita en mi rostro.
Eso no justifica nada.
No repara nada.
Pero es una verdad.
Y quizá por eso duele tanto.
Porque frente a esa cama no estaba mirando únicamente al hombre que me faltó. También estaba mirando una parte de mi misma.
Ahora en medio de este caos intenso. Siento tristeza. Una tristeza inmensa, serena, madura.
La tristeza de comprender que la vida fue lo que fue.
Y aun así elegí tomar tu mano.
Y aun así elegí bendecirte con amor.
Y aun así elegí despedirte.
Sé que no todo el mundo es capaz de hacer eso, pero tú y yo, nos merecíamos ese bálsamo, esa paz en nuestras almas, ese capítulo perenne en un libro de hojas en blanco.
Tal vez aquella niña que un día fui nunca pudo sentarse en tus piernas papá.
Pero la mujer que soy hoy sí pudo acompañarte en uno de los momentos más vulnerables de tu vida y créeme, yo estaba tan vulnerable como tú. Tu sangre ardía dentro de mis venas, como un río que busca donde desbordar su caudal. Te voy a llevar en mi con la misma necesidad de siempre, solo que ahora se que podré buscar tu rostro cuando me vea en el espejo. Te amo papá.
Katty Sáenz
Carmelo – Candelaria – Colombia.
Junio 15 de 2026
2 TIMOTEO 4:7-8 RVR1960
en memoria de: hector mario valderrama
He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no solo a mí, sino también a todos los que aman su venida.




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