EL TALLER CREATIVO DE DIOS
Serie
El taller creativo de Dios. II
«Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas.»
Salmos 139:16
Antes de ser sembrada como una semilla en el vientre de mi madre, ya estaba en tu mente, amado Dios.
Era un proyecto en tu corazón.
Tú lo has dicho…
y yo te creo.
Me gusta imaginar, desde esta limitada condición humana que tengo, que existe un taller creativo por el cual pasamos todos.
No porque Dios necesite un lugar para crear, sino porque mi corazón necesita una imagen para acercarse al misterio de su amor.
Lo imagino como un espacio amplio, lleno de luz.
Con colores y plantas que no existen en la tierra.
Lleno de pinceles, acuarelas, reglas, lienzos, tableros y cuadernos.
Y cada uno de ellos con vida propia.
Porque Dios es todopoderoso y puede dar vida y dar órdenes a todo cuanto desea.
Aunque, siendo honesta, sé que Él es infinitamente más grande que cualquier cosa que mi imaginación pueda alcanzar.
Él habla…
ordena…
y todo sucede.
Como dice Juan 1:2-5: «Cuando Dios creó todas las cosas, allí estaba la Palabra. Todo fue creado por la Palabra, y sin la Palabra nada se hizo. De la Palabra nace la vida, y la Palabra, que es la vida, es también nuestra luz. La luz alumbra en la oscuridad, ¡y nada puede destruirla!»
Pero volvamos al taller creativo de Dios.
Imagina conmigo.
Dios entra al taller y decide crear una nueva vida.
Lo primero que hace es tomar su libreta de apuntes.
Allí comienza a escribir acerca de ese proyecto de amor que está a punto de construir.
Piensa en nuestra estatura.
En nuestros ojos.
En nuestro rostro.
Tal vez en la forma de nuestras manos.
O en la sonrisa que un día regalaríamos sin saber cuánto bien haría.
Mientras escribe, nos va contemplando.
Y cuanto más nos contempla…
más ama aquello que está creando.
Le pone corazón a cada detalle.
Cuando termina de escribir, se pone de pie y se dirige hacia un gran lienzo.
Toma su pincel favorito.
Ese que siempre usa para crear vida.
Entonces pasa de las palabras a la imagen.
Comienza a trazarnos poco a poco.
Nos da forma.
Nos da color.
Nos da altura.
Dibuja un rostro por el que siempre podrá reconocernos entre millones.
Y cuando termina…
sonríe.
Quizá pensando en todo lo que hará a través de esa vida.
Pero aún falta una parte importante.
Elige la familia donde vamos a nacer.
También los talentos y dones que iremos descubriendo durante el sorprendente viaje de la vida.
Nos entrega herramientas para recorrer el camino.
Escribe un propósito.
Y junto a él, muchos pequeños propósitos que irán apareciendo a lo largo de los años.
Finalmente decide nuestro nombre.
El dibujo está listo.
Hay algo en él que lo hace diferente de todos los demás.
Es único.
Irrepetible.
Entonces sucede el milagro.
Por medio de su Palabra nos toma desde aquel lienzo y nos convierte en un embrión.
Con nosotros descansando entre sus manos abiertas…
detiene el tiempo.
Fija su mirada sobre su creación.
Su corazón palpita de amor.
Y sus ojos, por primera vez, se encuentran con los nuestros.
Me gusta pensar que ese fue nuestro primer momento íntimo con Dios.
Un instante en el que solo existíamos Él…
y nosotros.
Un recuerdo que quizá la memoria olvidó, pero que quedó grabado para siempre en nuestro espíritu.
Tal vez por eso nunca dejamos de buscarlo.
Porque fuimos creados por el Amor…
y el alma siempre reconoce el lugar del que vino.
Pero aún no termina.
Dios nos mira como quien no quisiera soltarnos.
Ya nos ama.
Sin embargo, sabe que para cumplir el propósito que soñó para nosotros debe dejarnos partir.
Entonces realiza uno de los actos de amor más grandes.
Coloca en nosotros el libre albedrío.
Y nos siembra en el vientre que había elegido desde el principio.
Sabiendo que, meses después, como una flor que se abre al amanecer…
nacería una nueva vida.
Ya recorrimos el taller. Ahora solo queda contemplar la obra terminada. Mañana compartiré el poema Tu pincel en mí, nacido de esta misma visión. El taller creativo de Dios (2 de 3)
Katty Sáenz
Carmelo – Candelaria – Colombia.
Julio 23 de 2026
El taller permanecía en silencio.
Sobre el gran lienzo todavía no había un solo trazo.
Los colores aguardaban.
Y el pincel...
ese pincel que nunca deja de dar vida...
permanecía entre las manos del Artista.
Entonces el Artista sonrió.
Había llegado el momento de traer al tiempo aquello que, desde la eternidad, ya habitaba en su corazón.

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3 meses
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