LA CAMINATA (III)
Tercera Parte…
Una punzada amarga me sacó de mi letargo cuando sonó por primera vez y en horas en mi teléfono el tono que le había dado a ese dulce tormento con el que había vestido el amor
Tercera Parte…
Una punzada amarga me sacó de mi letargo cuando sonó por primera vez y en horas en mi teléfono el tono que le había dado a ese dulce tormento con el que había vestido el amor
SEGUNDA PARTE…
Ahí estaba yo, una vagabunda más y ermitaña entre tantos olvidados en las calles, en medio del infortunio que supone el hecho de hacer parte de una sociedad corrupta como la mía
Y nada me llena más que el saberme conmigo, habitando en el movimiento continúo de este amasijo viviente que respira y se agita, que pulsa fecundidades rojas de vida, desde este fruto carnoso e imparable que me sacude a su ritmo.
Te escribo cuando a mi paso alguien se acerca trayéndome el olor de tu perfume y tu sonrisa blanquecina, cuando te veo vacilando con tu contoneo en otro cuerpo.
¿Dónde está Dios en este momento tan difícil?, ¿Dónde está Dios cuando miles de personas están muriendo día a día por esta Pandemia?, ¿Dónde está Dios que no oye las oraciones de la humanidad que se ha unido a nivel internacional para rezar, orar y suplicar independientemente de su Credo?
Vivimos la soledad del despierto, del que haya sentido en un minuto de silencio, de ese al que hablar con el perro o el árbol le resulta más sustancial que compaginar con esa tan desgastante degradación de los valores humanos.
Si no vas a estar más, por favor déjame un mapa en pergamino, con olor a viejo, con manchas del tiempo, con besos tus labios, con el perfume de azucenas de tus manos, con la mirada blanca de tus ojos, y dibuja con tu amor el camino de regreso a ese origen donde reina la paz y la forma incorrupta de las cosas.
La poesía siempre me va buscando queriendo acicalar espesas manchas negras en cuencos blancos. La poesía me quiere suya y abarrota mis […]
Le canto a tu ausencia querido hermano, le canto desde mi lamento, fue atroz el día que tu cuerpo vibrante se abatía sin fuerza y con garras al duro asfalto, desprendido y casi sin aliento anhelabas el vientre de tu madre, querías estar bajo el abrigo fecundo que te contuvo con amor desvelo.
Y fue tanto lo que te estuve reteniendo que no me di cuenta, ni mis letras tampoco. Que tú ya no eras, que no fuiste, que nunca has sido nada de aquello que mi ingenuo sentir había erigido, tardé demasiado tiempo sangrando cada letra, negándome a la evidencia de tu mentira, a la levedad de lo ilusorio que mi sentir abastecía.
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6 años
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