LOS TERRITORIOS DE LA SOLEDAD
La soledad es una guerra que libras sin ejército. Tu armadura son las voces de los recuerdos, que te persiguen implorando a gritos que no te rindas; una batalla de ausencias amargas, de noches frías como el sepulcro, donde el silencio engendra un dolor sordo que no cabe en tu existir, pero pretende hacerse espacio en tu amasijo de huesos, ya despojado de cualquier vanidad y poblado por las sacudidas del tiempo.
Fecunda espejismos que te hacen delirar con lo venidero. Mientras esperas ese dulce encuentro, en tus cavernas, profundas como el abismo, nacen raudales salados que levantan tormentas en alta mar. El llanto gime como un animal que contempla la libertad a través de los barrotes fríos que le arrebataron su propia historia.
En el mar de mi llanto navegan raídas auroras del pasado. Bajo mis pies crujen las hojas del otoño; con ellas cruje también el alma mía. Con las ruinas que el tiempo dejó en mis manos podría llenar los enormes espacios que dejaron quienes un día fueron los míos.
En los territorios de la soledad puedo volver a ser aquello que un día amé.
Cuando era feliz y no lo sabía.
Ahora me alimentan las voces del pasado: el recuerdo de un abrazo, el aroma del café en las mañanas, los susurros de las vidas que recorrían las laderas de aquella casa donde un día todo comenzó y también terminó. Veo las huellas de mi vientre, testigos de los nueve meses en que una vida habitó en él y dio vida a la mía.
La soledad me devuelve las imágenes del hogar al que pertenecí.
Y se ríe en mi cara.
Porque ella me ganó…
y a ellos
yo los perdí.
Katty Sáenz
Holbrook, New York.
Abril 16 de 2022

Detrás del verso
«Los países también huelen.»
«Hay nostalgias que no recuerdan lugares; recuerdan olores. Hay exilios que comienzan cuando el alma sigue viviendo donde el cuerpo ya no está.
Escribí este poema durante uno de los momentos más profundos de mi depresión. Llevaba años viviendo lejos de Colombia. Había aprendido otros idiomas y otras costumbres, pero mi alma seguía regresando al mismo lugar. Descubrí que la memoria tiene un lenguaje propio: no recuerda únicamente personas o lugares, recuerda aromas, sonidos y pequeñas escenas que permanecen intactas con el paso del tiempo. Me aferraba al café que preparaba mi mamá cada mañana, al sonido de la lluvia sobre el tejado de la casa de mi abuela, al olor de la tierra mojada y a los movimientos de mi hija cuando aún habitaba mi vientre. Mientras mi cuerpo construía una vida en un país extranjero, mi corazón seguía viviendo en Colombia. Este poema nació de ese desarraigo, de esa necesidad de sobrevivir alimentándome de los recuerdos cuando la realidad se volvía demasiado pesada..).»
— Caterine Sánchez Tobar, Autor




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5 años
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